Zapatero economista

La mayoría de políticos provienen del Derecho. Le cogen gusto a las leyes, las normas, las argucias, la dialéctica. Y dan el salto para arreglar el mundo y de paso poder legislar. Ahí es nada dictar ordenanzas y reglas. El abogado convertido en aprendiz de brujo. También la Administración del Estado es buena cantera de vocaciones públicas. Por lo visto, a los altos funcionarios les tienta el riesgo de dejar los despachos y horarios fijos para meterse en conspiraciones de listas cerradas y batallas de comisiones de investigación, como si encontrasen en el nuevo ámbito la adrenalina que siempre habían añorado.
En este sentido, la política funciona como una amante clásica a la que uno se entregaba con pasión sin renunciar a la estabilidad de la pareja consagrada. El despacho y la plaza de funcionario siempre queda a mano. En fin, que los abogados se meten a gobernar y ahí descubren que la vida no tiene que ver con leyes sino con dinero. Y se hacen economistas. Les encanta hablar de déficit y PIB, como si las tasas de inflación y el recorte del gasto público fuesen argumentos brillantes exhibidos ante un tribunal popular.
Convencidos de la causa que hace suya su partido, hacen caso omiso de los indicadores de la cesta y de la calle para levitar en las alturas de la macroeconomía, y no les importa que la realidad contradiga sus pronósticos y recetas. Por eso dejaron un día el Derecho: querían jugar como niños con el juguete de la economía
Artículo publicado en el diario Ultima Hora (01-09-2009)

El discurso inaugural de la era Obama congregó multitudes físicas, virtuales y sicológicas pero no superó la audiencia televisiva de la toma de posesión de Reagan. Dos personajes con carisma, dos lideres, y sin embargo qué opuestos. Será que la sociedad (la de allá pero también la de aquí) es bifronte o esquizofrénica, escindida entre dos pulsiones contrapuestas. Somos capaces de lo peor y lo mejor, y esta dualidad, conocida quizás desde antes de la Historia, se manifiesta en opciones políticas irreconciliables por mucho que Bush se abrazase a Obama antes de elevarse por los aires que le devolvían a casa. El país racista que mató a Luther King elige a un presidente negro. Por supuesto, ya existen versiones socarronas que explican el vuelco: en realidad, el pueblo ha encargado a Obama que saque al país del agujero negro en que lo han metido los dirigentes blancos. Barack es la antítesis de Bush, como ZP de Aznar, otra pareja divorciada sin acuerdo previo. Las guerras civiles deben estar relacionadas con este trastorno bipolar que nos divide como si se tratase de un principio social estructurador. Nos parece infantil la separación entre buenos y malos de tantas películas pero la radicalización de muchas opciones frívolas y cotidianas (playa o montaña, Barça o Madrid, Beatles o Rolling) nos devuelve a un escenario maniqueo donde curiosamente es difícil encontrar este centro que todos predican y dicen representar. El mismo PP nos invita cada día a posicionarnos: Aguirre o Gallardón, pero, ¿hay alguien en medio?






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