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Verano, paraíso

31 Julio, 2008 emiligene Deja un comentario

Caminamos de noche entre gente sentada en las terrazas de bares y restaurantes. Hace calor y la gente busca sombra y compañía para rebajar el agobio del verano. Por eso, administran sus energías. No gritan ni corren. Se dejan llevar o simplemente permanecen horas hablando frente a un vaso ya vacío como estrategia contra la amenaza del sudor. Sin prisas, acunados por la brisa de las vacaciones y el ambiente relajado de las noches tan largas. Un refresco, un helado, un agua con gas, una cerveza. Mirar distraídamente la tele o fundirse con las horas que pasan como si fuesen infinitas.
El calor tiene algo de dulce, de pegajoso. El ventilador como remedio imperfecto, casi manual. Artesanía contra las altas temperaturas: un paseo entre escaparates con rebajas, el mar con olas amigas, el gazpacho con cubitos de hielo.

Y pienso que es imposible evangelizar a la gente que vive en Siberia o Groenlandia. Atacados por el frío, recluidos, escondidos. Concentrados en la supervivencia.
Por eso, las grandes campañas de conquistaas religiosas se diseñaron hacia el trópico, algo así como el paraíso terrenal. Pura vagancia, indolencia de los sentidos, conformidad con la suerte, panteísmo sexualizado: para esta gente debía ser comprensible el concepto de paraíso, de cielo, de eternidad como premio.

Tal vez por eso nos gusta especialmente el verano, esta época de estupor y estupidización. Renunciando a la actividad protestante y calvinista, recuperamos la mediterranedidad latina, esta identidad que nos hizo en su día inventar la resurrección de la carne.
¿Cómo puede un siberiano recibir con ilusión la promesa de la resurrección o la vida perdurable? Eso sólo lo podían visualizar y de un golpe los caribeños.

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La nostalgia del verano

30 Junio, 2008 emiligene Deja un comentario

Asocio el verano con días largos, larguísimos, bajo un sol infinito y entre árboles y campos eternos. El mar, la indolencia de la playa, el rumor de los niños como abejas y los turistas a lo lejos. Fiesta de día y de noche, el mismo calor y las mismas ganas de celebrarlo. Esta relajación de los sentidos, estas ganas de vacaciones sin fin que se abren como una oportunidad definitiva.
Esta es, me parece, la nostalgia del verano, tan distinta a la del otoño o el invierno, marcados por el principio de realidad. Mi madre murió en noviembre, mi padre en febrero, y se me hace extraño asociar la sorpresa de la muerte con el verano.
El verano detiene el tiempo y abre las ventanas, crea la comunión de los viajantes y veraneantes, la borrachera de la carretera y los aeropueros, la reunión de las familias. Es la Navidad laica, sólo que mucho más larga y radiante, menos cargada de obligaciones y parafernalia.
Verano, regreso a los saltamamontes de la infancia o las cigarras.
Para mí, verano es Banyalbufar y las tardes infinitas en el mar con los hijos pequeños. Promesa de plenitud, reforzada cada puesta de sol con toda la solemnidad de la Naturaleza protectora.
Ilusión de infinitud, más poderosa que las marchas nocturnas que en seguida pasan factura en forma de resaca.
Verano panteísta, salvados por la luz y el milagro de la brisa. Conjuro de la muerte. Epifanía de los sentidos, el más dulce sucedáneo a la promesa de la resurrección de los muertos

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