Canon
Las últimas estadísticas confirman la decadencia de las compañías discográficas: un 20 % menos en ventas, un dato que anuncia una crisis todavía mayor de la que aparece en portadas y reportajes. Llevamos ya varios años conviviendo con esta realidad y envueltos en la polémica que inevitablemente genera un cambio traumático. ¿Recuerdan ustedes las convulsiones desencadenadas en España hace unas décadas por la reconversión siderúrgica? Siempre ha sido así en nuestra sociedad capitalista desde que se puso en marcha la primera revolución industrial. Y siempre han acabado sucumbiendo las víctimas del reajuste.
Ahora les toca a las empresas productoras, grabadoras y distribuidoras de discos, un producto que ha gozado de excelente salud económica y que ha creado grandes fortunas. Pero hoy ya no se dan aquellos legendarios discos de platino a artistas que arrasan en los topten, por mucho que se quiera conservar la fachada a base de Grammys o Alejandros Sanz. La excepción confirma la regla, en todo caso, y apunta hacia otro dato. Los conciertos no parecen estar en crisis. A la gente le sigue gustando escuchar música y está dispuesta a pagar por ello, incluida la incomodidad del desplazamiento. Pero se resiste a pagar por un archivo que puede bajarse de Internet.
La culpa de la crisis la tienen pues los sitios p2p, los top manta y las grabadoras de CDs y DVDs. ¿Vamos a prohibir todo esto, o a recargarlo con un canon fiscal? Las grandes empresas y los cantantes millonarios pueden llorar al ver que el negocio se derrumba, pero no podrán impedir la popularización de nuevas formas de grabar, difundir y vender música. La tecnología no mira hacia atrás.







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