Paco Ibáñez en el Teatre Principal

Palabras
Paco Ibáñez
Teatre Principal, 12 de septiembre
El mismo look, y perdón por el anglicismo que evoca una cultura ajena impuesta por los bárbaros de más allá del Atlántico. ¿La misma guitarra? Puede ser: lo importante es el sentimiento, la emoción, el arte. Me lo decía mi abuelito, me lo decía mi pa-pá. Y allí estaba el cantante del Olympia, hijo de republicano exiliado, alabando la isla (Mallorca, Palma de Mallorca) y una nómina que para muchos de sus habitantes y casi todos sus turistas resultará desconocida: Castaldo, Barceló, Bonet. El mismo semblante, el mismo uniforme existencialista, el mismo repertorio, la misma voz. Menos rota de lo que hubiésemos apostado hace cuarenta años: clarita en los agudos y siempre afinada. En todo caso más dulce, más didáctica. Se le entienden mejor las letras (aunque se le olvide puntualmente alguna) porque ha intensificado su rol de evangelizador. Predica el antimaterialismo que aprendió en los bosques de su infancia y se resiste a dejarse dominar por macdonalds sin alma. Cantó el Paco Ibáñez canónico, de las Coplas manriqueñas a San Juan, Góngora, Quevedo y varios emocionados romances, siempre la parte más lírica de su obra. Hubo más Goytisolo (del lobito a Julia pasando por el abuelito) que poesía anterior a la guerra civil. Un Machado flojito, Alberti, Neruda, dos de Lorca. Hubo también algunas invitaciones a corear sus himnos, asumidas con la discreción que requería el acto y la personalidad de un antidivo. Un cumpleaños feliz alternativo o el último verso de Abenámar, el moro de la morería. Sin asomo de histeria ni euforia ni siquiera prisas, el recital (un viaje a través del túnel de la memoria predemocrática) transcurrió tranquilo y educado. Con el respeto y la admiración que se merece todo un maestro que reivindica la palabra.
Crítica publicada en el diario Ultima Hora








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