Navidad

La cantidad de papanoeles crece en progresión geométrica año tras año. En los escaparates de todo tipo de comercios, en restaurantes y bares, en los anuncios, pero también en los balcones de las casas y hasta en sus recibidores y salones. Los únicos personajes que resisten este asalto arrasador de Santa Claus son los Reyes, aunque tímidamente después de un reparto desigual del calendario ¿Y el niño Jesús, con su pesebre y el belén que hace poco eran centro hogareño de toda celebración navideña familiar? Está desapareciendo.
La mayoría de hogares se han disuelto por mor de los divorcios y las vidas paralelas o están demasiado estresados preparando fiestas como para entretenerse en sacar las piezas (pastores, molinos, cueva, buey…) de sus cajas, buscar sitio sobre un mueble y demás. Pero la razón principal es otra. Jesús es una figura histórica, es decir real (además pobre y sin glamur), que desentona en este mes eufórico dedicado a celebrar el principio del placer, la fantasía consumista sin límites, la ilusión de una eterna felicidad. Ahí está en cambio Papá Noel, desde su irrealidad, dispuesto a satisfacer nuestras pulsiones sin asomo de condición. El rey Herodes recurrió entonces a la fuerza más bruta y degolló a los santos inocentes.
Hoy día ni siquiera ha hecho falta insinuar una consigna para poner en marcha una campaña universal contra la propia imagen del niño Jesús, reducido a objeto decorativo puntual y alejado de la cotidinaeidad (el belén tradicional del Ayuntamiento o una muestra de belenes del mundo…) La maquinaria comercial ha resultado más eficaz que cualquier pena de muerte.
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