Regreso a Peter Pan

Cada generación está marcada por un conjunto de valores y experiencias que determinan su perspectiva de la vida. Por ejemplo, la de mis padres estuvo condicionada por la guerra, la escasez y el autoritarismo nacionalcatólico. Tanto que años o décadas después de haber desaparecido estas realidades, ellos seguían manejándolas como referencia cotidiana. Definir a las generaciones actuales es más difícil por aquello de que siempre cuesta más definir lo que nos resulta cercano.
A pesar de ello, muchos aventuran que los jóvenes de hoy día están condicionados por el consumismo inmediato que ha marcado su infancia y que los hace débiles para esfuerzos sostenidos pero al mismo tiempo aptos para esta economía neoliberal de contratos basura y trabajo precario. Por otra parte, las señas de identidad generacional tiene su propia diacronía. Los viejos de ahora se diferencian de los de antes en su voluntad de autonomía personal.
Hablando de vejez, perdón, de tercera edad, mi generación parece tener algunos problemas para asimilarla. Tal vez porque es la primera en la Historia de la Humanidad que no contempla la jubilación como un fin sino como un principio. El fin del ciclo de la madurez abre las puertas a una segunda juventud, ajena por definición a la experiencia de la vejez y sobre todo de la muerte. Mis coetáneos y yo llegamos a los 60 sin conciencia de la muerte, con la misma inocencia inconciente que la de un niñato. No queremos morir simplemente porque nos han estado entrenando para gastar más en viajes, academias y centros de ocio como no les pasó a nuestros padres. Morir no entra en nuestros planes.
Artículo publicado en el diario Ultima Hora (10 febrero 2009)







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