¿Para siempre?
La gente sigue casándose y diciéndose, a los demás y quizás a ellos mismos, que para toda la vida. No importa que las estadísticas reflejen la dificultad creciente del proyecto, o que la realidad cotidiana nos confirme que los matrimonios duran cada vez menos: en España ya hay más parejas divorciadas que sin divorciar. En términos objetivos, podría decirse que el destino natural del matrimonio es la separación, que además se produce cada vez más rápidamente. Duramos menos porque nos volvemos más egoístas y tenemos menos tiempo para compartir, signos de nuestro tiempo, el único por cierto que tenemos. Vivimos en esta sociedad pero nos seguimos casando como si viviéramos en la anterior, cuando casi todo (el trabajo, la casa, la lavadora) era para toda la vida. Cuando incluso la mujer no tenía derechos, como se encargan de recordarles sus asesinos : matrimonio o muerte.
Será que no queremos deshacernos de una de las pocas cosas que nos mantienen unidos al cordón umbilical de la eternidad. Los matrimonios para toda la vida eran el reflejo de una doctrina eclesial que predicaba la vida eterna como colofón de una vida terrenal en la que estaba prohibido cualquier cambio. Ahora es justo al revés: sospechamos de quien no viaja o no cambia de coche. La ley del mercado neoliberal impone una renovación continuada, de la que deriva el divorcio y otras libertades democráticas.
El PP (un partido con mayoría de votantes entre las personas mayores) está en contra del divorcio exprés porque rompe la familia, de la misma forma que las reivindicaciones autonómicas rompen España. El PSOE (mayoritario entre la población más joven) legisla a favor para acercar la ley a la realidad. Sin embargo, unos y otros nos tratan como a niños. Si queremos separarnos, el contrato matrimonial debería incluir una cláusula adicional: nos comprometemos a devolver todos los regalos de la lista de boda.







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