Roncar
Si no fuese por el empeño de sionistas e historiadores, hoy los muchos neonazis que pueblan Europa podrían machacar con sus botas ensangrentadas a cualquier sudaca o subsahariano que se cruzase por su camino, sin que saltasen las alarmas: simplemente el Holocausto no habría existido. A ver quién me explica pues las ventajas de borrar la historia o de equipararla a un hobby de coleccionistas que no exige ningún tipo de posicionamiento: pasó, y a otra cosa mariposa. Qué hay de malo entonces en devolver su honor a los muertos proscritos durante más de cuarenta años o en condenar formalmente el golpe de Estado y la Dictadura que construyó por ejemplo todo un panteón en un valle contra determinados caídos.
Es cierto que durante aquellas décadas mucha gente vivió tranquila e incluso feliz, como tantos alemanes en tiempos de Hitler. Por ejemplo, bastantes hombres se lo pasaban seguramente de lo mejor mientras sus esposas se inventaban formas de atrincherarse contra los ronquidos. Entonces todos éramos católicos y heterosexuales, y no había camas separadas. Estaría bien conocer cuántas mujeres tuvieron que padecer el impuesto nocturno de los ronquidos conyugales sin derecho al descanso ni al pataleo.
Esta es la diferencia entre aquello y lo que tenemos hoy. No somos más felices ahora pero antes ni siquiera se podía elegir: sólo existía la ignorancia. Tal vez los profetas de la amnesia añoran este estado general de simplicidad, que permite roncar a pierna suelta sobre un cuerpo desvelado. La felicidad sólo existe en la industria del cine y la canción, pero la dignidad tiene nombre, apellidos y cuerpo.







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