Zapatero economista

La mayoría de políticos provienen del Derecho. Le cogen gusto a las leyes, las normas, las argucias, la dialéctica. Y dan el salto para arreglar el mundo y de paso poder legislar. Ahí es nada dictar ordenanzas y reglas. El abogado convertido en aprendiz de brujo. También la Administración del Estado es buena cantera de vocaciones públicas. Por lo visto, a los altos funcionarios les tienta el riesgo de dejar los despachos y horarios fijos para meterse en conspiraciones de listas cerradas y batallas de comisiones de investigación, como si encontrasen en el nuevo ámbito la adrenalina que siempre habían añorado.
En este sentido, la política funciona como una amante clásica a la que uno se entregaba con pasión sin renunciar a la estabilidad de la pareja consagrada. El despacho y la plaza de funcionario siempre queda a mano. En fin, que los abogados se meten a gobernar y ahí descubren que la vida no tiene que ver con leyes sino con dinero. Y se hacen economistas. Les encanta hablar de déficit y PIB, como si las tasas de inflación y el recorte del gasto público fuesen argumentos brillantes exhibidos ante un tribunal popular.
Convencidos de la causa que hace suya su partido, hacen caso omiso de los indicadores de la cesta y de la calle para levitar en las alturas de la macroeconomía, y no les importa que la realidad contradiga sus pronósticos y recetas. Por eso dejaron un día el Derecho: querían jugar como niños con el juguete de la economía
Artículo publicado en el diario Ultima Hora (01-09-2009)







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