Polen escolar
Cualquier profesor sabe que el sol y el calor son enemigos del aula. Estamos hablando de dos elementos que dilatan la materia y relajan la energía: resultado, una conducta de mentes y cuerpos abiertos a la piscina o la discoteca. El frío, por contra, enerva y arruga, de forma que fija los traseros a la silla y aleja la mente de paisajes de desmadre. El frío concentra, lo mismo que la primavera desorienta. Y no digamos a la juventud, esta edad flotante que sólo necesita un estímulo indeterminado para ahondar en la amorfidad.
O sea que abril la sangre altera: las hormonas son tan enemigas de los estudios como el sol de las playas con voleybol y martín. Lo sabían los clásicos, y los profesionales de la pizarra vienen adoptando sus medidas desde hace tiempo para contrarrestar el efecto.
Pero se están topando con un cambio climático que echa por tierra sus estrategias. Ya no habrá supervivencia escolar cuando la primavera sea imprevisible y casi infinita. Empezamos el curso actual en plena primavera de setiembre y estamos justo acabando la primavera de enero-marzo, a punto de comenzar el invierno de unos días para a continuación estrenar la primavera de abril. Con este desbarajuste de los termómetros ya me dirán cómo pueden poner codos los adolescentes que crecen junto a un efecto invernadero que nos sitúa ante un escenario de bikini perpetuo. Las estadísticas insisten en el fracaso escolar, pero mucho me temo que todavía no han recogido los efectos devastadores del polen escolar.







Comentarios recientes