Juan Carlos Montaner, un mimo parlanchín

Juan Carlos Montaner: Sense cap ni peus
Sa Botiga de Buffons, 15 de octubre
Advertencia para críticos y teóricos de la cosa, si es que alguno lee estas líneas: este espectáculo no sólo tiene pies y cabeza. Tiene cuerpo. Y es que Joan Carles, Carlitos, no es sólo autor y actor. Es un mimo, ahí está tan a gusto con su nariz roja. Es un bailarín. Se mueve como pez en discoteca moviéndose a ritmo mallorquín o cañero, con la elasticidad de los titiriteros. Quizás por esto se mueve con tanta naturalidad sobre el escenario, ajeno a rigideces y formalidades psicosomáticas. Lo suyo es enrollarse con la gente, contar y contar y contar. Autodidacta y espontáneo, disfruta ajustando el guión al contexto, rizando el rizo al ingenio de escenas construidas con la perspicacia del observador. No hay casi tiempo para asimilar personajes, diálogos, situaciones, porque a veces este bufón fundacional se pasa de rosca, y su velocidad nos supera. Ocurrente y malabarista de las palabras, Joan Carles se destapa como actor: no en vano los personajes (por muy secundarios y fugaces que resulten) en seguida adquieren forma, gesto y voz propias. Una rica galería que sin embargo no se instala a modo de pesados invitados: cada uno de los alter ego invocados desaparece con discreción apenas liquida su aportación al espectáculo. Un carrusel de chistes, gags, paridas y un amplio catálogo de recursos capaces de mantenerse vivos (ellos, pero también a su autor y al público) durante dos horas que pasan volando. Al final, es difícil recordar el vendaval de escenas a las que hemos asistido pero se nos quedan los ecos de muchas risas. No sé si valdría la pena acudir con bloc de notas o grabadora para revisar tranquilamente después todo este arsenal y disfrutarlo. O usarlo en una cena de amigos. Pero no. El arte bufón se resiste a ser apresado. Como la vida, es fugaz. Y encima trilingüe.
Crítica publicada en el diario Ultima Hora





Caleidoscopio tenebrista que sin embargo provoca risas. A veces y entre dudas. La deconstrucción nos impide prever, organizar mentalmente un contenido que se rearma continuamente, instalarnos en un registro. Por eso podemos reír cuando justo cuando acabamos de sentir el terror que late en la misma escena. Retrato desquiciado de una realidad prohibida por los tiempos postmodernos pero que sin embargo nos queda tan cerca: hay siempre flotante un aroma entre el mobiliario que se mueve que nos resulta familiar. Sí, nosotros vivimos allí hace nada, sólo que los personajes que se persiguen sobre el escenario no han podido huir a tiempo de la pesadilla. Pero sólo una fila de butacas nos separa, una frontera que es espejo con la amenaza de abducirnos como hace el sofá, todo un hallazgo escenográfico. Evocamos por supuesto a Kafka o a Orwell y demás retratistas de la sinrazón alucinante contemporánea. Kharms nos llega leído, amado, descuartizado por un creador teatral. Joan Carles Bellviure nos enfrenta al mundo del autor ruso sin didactismos. Sin traducción. Pero la lucidez de su lectura refuerza los textos y cohesiona el discurso. Nos impide perdernos en el laberinto, aunque nos deja solos a lo largo de su travesía. El paseo, puro sobresalto, cuenta con el atractivo de la brillantez estética con que está diseñado. Discurso limpio, detallista y objetual, precisión casi exagerada en el encaje de luces, movimientos y escenas. ¿O es otra forma de mostrar la locura? Deslumbrante el trabajo de los actores (otro mérito del director), obligados a cambios bruscos de registro resueltos con aparente naturalidad, tal mecanismos robóticos conducidos por un extravío que es grito o absurdo pero siempre violencia: personajes sin alma, autómatas abandonados a protocolos sin cuento. Sólo en la voz en semioff del alter ego del escritor resuena en contrapunto una nota de sentimiento, de distancia. Trabajo impecable al fin 







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