Cel·la 8, de Toni Oliver, Biel Lledó y Biel Jordà

Foto: FanTeatre
Cel·la 8, de Toni Oliver y Biel Lladó. TIC Teatre. Dirección: Biel Jordà
Teatre Xesc Forteza, 14 de noviembre
TIC vuelve a sus orígenes, o cuando menos los reivindica. Teatro militante comprometido con la realidad, una fórmula en desuso entre otras cosas porque resulta más difícil reelaborar la cotidianeidad que acogerse a la industria del gag. Quizás es que nos faltan escritores, y afortunadamente Toni Oliver ya ha atravesado experiencias personales y teatrales como para atreverse con miradas complejas ante un escenario aparentemente sencillo: a todos nos resultan familiares las escenas, los personajes, los diálogos, los temas. Pero ya sabemos que el mejor arte es aquel que hace fácil lo difícil. También es cierto que hay un director con el que forma equipo (casi ya un tándem: Oliver – Jordà) muy bien complementado. Y unos actores que parecen igualmente afines a un discurso realista y crítico. No recuerdo un trabajo tan completo de Laura Sánchez, por ejemplo, desbordante de registros y con una presencia escénica impresionante. Y ahí está el yonqui que clava Sergi Baos, lejos en sus otros papeles de excesos y otras tentaciones. ¿Algunas debilidades en este proyecto? Esquematismo literario tal vez, recurso al tópico: el yonqui buenazo pero sin voluntad, el ejecutivo chulo y sin fortaleza, el abusador, el degenerado minusválido: en todo caso una rica galería de tipos que resultan creíbles porque los autores saben retratarlos con los mínimos recursos: cuestión de acierto y eficacia. Especialmente meritoria la escenografía, que obvia el cartón piedra sin caer en pretenciosidades, y sobre todo juega con espacios simbólicos puntuales y toques de iluminación que permiten transiciones impecables. Impresionante el trabajo actoral, en cantidad (¿problemas de presupuesto o apuesta dramática intencionada?) y calidad. La complicidad del público, otro síntoma del acierto.
Crítica publicada en el diario Ultima Hora







Caleidoscopio tenebrista que sin embargo provoca risas. A veces y entre dudas. La deconstrucción nos impide prever, organizar mentalmente un contenido que se rearma continuamente, instalarnos en un registro. Por eso podemos reír cuando justo cuando acabamos de sentir el terror que late en la misma escena. Retrato desquiciado de una realidad prohibida por los tiempos postmodernos pero que sin embargo nos queda tan cerca: hay siempre flotante un aroma entre el mobiliario que se mueve que nos resulta familiar. Sí, nosotros vivimos allí hace nada, sólo que los personajes que se persiguen sobre el escenario no han podido huir a tiempo de la pesadilla. Pero sólo una fila de butacas nos separa, una frontera que es espejo con la amenaza de abducirnos como hace el sofá, todo un hallazgo escenográfico. Evocamos por supuesto a Kafka o a Orwell y demás retratistas de la sinrazón alucinante contemporánea. Kharms nos llega leído, amado, descuartizado por un creador teatral. Joan Carles Bellviure nos enfrenta al mundo del autor ruso sin didactismos. Sin traducción. Pero la lucidez de su lectura refuerza los textos y cohesiona el discurso. Nos impide perdernos en el laberinto, aunque nos deja solos a lo largo de su travesía. El paseo, puro sobresalto, cuenta con el atractivo de la brillantez estética con que está diseñado. Discurso limpio, detallista y objetual, precisión casi exagerada en el encaje de luces, movimientos y escenas. ¿O es otra forma de mostrar la locura? Deslumbrante el trabajo de los actores (otro mérito del director), obligados a cambios bruscos de registro resueltos con aparente naturalidad, tal mecanismos robóticos conducidos por un extravío que es grito o absurdo pero siempre violencia: personajes sin alma, autómatas abandonados a protocolos sin cuento. Sólo en la voz en semioff del alter ego del escritor resuena en contrapunto una nota de sentimiento, de distancia. Trabajo impecable al fin 






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