Sí, la cosa funciona

Woody Allen vuelve a ser Woody Allen, y este regreso no tiene nada de regresivo, todo lo contrario. El oráculo de Delfos predicaba “conócete a ti mismo” y los teóricos afirman que “el estilo es el hombre”, y al genio de Manhattan no le ha ido bien cuando ha querido alejarse de esta fronteras por otra parte tan egolátricas.
Si la cosa funciona se mueve en el terreno conocido de los personajes conocidos con tics conocidos protagonizando escenas conocidos. Y es una gozada. Pasa como con el amor verdadero: no cansa, al contrario.
En este sentido, ninguna decepción. He vuelto a reir cuando llevaba varios films de Allen apenas sonriendo. Otra cosa es el balance que podamos hacer. Si es cierto que la cosa funciona desde el principio (ritmo, frescura, personajes, diálogos, gags…) no lo es menos que se medio estanca hacia la mitad para caer en picado al final, dejándonos el mal sabor de boca de haber asistido a una clonación más que a una reinvención.
Desde que la mamá de Melody aparece se diluye el tono de comedia ingeniosa, para adoptar el de caricatura de trazo grueso. ¿Será que Allen ha perdido el músculo creativo necesario para sostener una historia que dure 90 minutos? Da la impresión. La aparición del padre parece un encargo del productor, y ni te hablo del último intento de suicidio.
Para acabar: corramos un tupido velo sobre el pobrísimo final acaramelado (todo artificalidad) y quedémonos con Melody Celestine (todo naturalidad hasta la mitad), con mucho lo mejor de la pelicula. Quizás por ser un personaje a la medida del afán pygmaliónico que siempre ha cultivado Allen…









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