Benditos bastardos

Almodóvar es uno de los directores que han firmado la carta exigiendo la nulidad del proceso que sigue teniendo abierto Polanski. El delito, por el que fue condenado hace 30 años en EEUU: drogar a una niña de 13 años para poderla violar sin oposición. O sea que a Almodóvar y a otros ilustres les parece una tropelía que la justicia se les aplique como si fuesen simples mortales: el genio está por encima de los controles terrenos.
No sé si Tarantino ha firmado también la carta, pero le pega. Quentin es el puto amo, y no hay código moral o ético que se le resista. Recuerdo que en la sala de cine donde veía Pulp Fiction tenía a mi lado espectadores tronchándose de la risa mientras la pantalla vomitaba sangre.
Malditos bastardos es otra tarantinada. Brillante, original, caleidoscópica, rompedora. ¿Rompedora? Pues va a ser que no. Va de rompedora, con esta desacralización de la violencia que tanto le caracteriza: un cine culto pasado por la trivialidad del pop. Pero pensándolo bien la película se acoge muy pronto al esquematismo casi maniqueo más tópico. De rompedora nada. Previsible porque enfrenta a los buenos (por supuesto americanos, levemente caricaturizados como elementales y primitivos para que no digan) con los malísimos (los nazis, por supuesto)
Pero el retrato de Göbels o Hitler es indigno de un genio como Tarantino, que se apunta a lo fácil y lo comercial, al discurso dominante que supuestamente cuestiona. Mostrar a Hitler como un balurdo infantil y a Göbels como un tontorrón sensiblero es más que un insulto a la inteligencia, por mucho que se traten de personajes históricos nefastos y despreciables. Es más bien una concesión al esquematismo de la narrativa más convencional.
Nada que ver con To be or not to be. Si Lubitsch levantase la cabeza…







Comentarios recientes