iPhone

Ya está aquí. Llegó por fin y se dejó ver, tocar y comprar por los primeros privilegiados de una larga lista de espera: dicen que se registraron más de 200.000 solicitudes en la web que Telefónica ofreció a los usuarios impacientes. En olor de multitud y acompañado de este look cool (perdón por la casi redundancia) que desprenden los productos de Apple, recién llegados del futuro inmaculado. De la férrea mano de un Steve Jobs cada vez más delgado, la compañía no obliga a sus fieles a declarar fidelidad, otra redundancia, a la marca y sus objetos sino que ha conseguido que sean ellos, los clientes, quienes se desvivan por mantener vivo el vínculo que los une a la manzana mítica. El diablo ya no necesita despertar en el geek la tentación: es Dios.

El nuevo teléfono de Apple es una maravilla técnica que, como pasa con los diseños que saca al mercado, se ha convertido inmediatamente en estándar revolucionario. Pantalla táctil y suficientemente inmensa como para navegar de verdad por Internet. No importa que tenga una cámara más que limitada (sólo 2 Megapíxels) y que no grabe vídeo. O que no pueda reproducir animaciones Flash. O que un portátil conectado por Bluetooth no pueda acceder a Internet a través del módem telefónico. La tecnología propietaria de Apple es así: pone límites y exclusividades.

Telefónica se ha apuntado a la filosofía y la ha multiplicado. Su contrato de permanencia es todavía más leonino. Además de unas tarifas ininteligibles (todas lo son y lo seguirán siendo, hasta que no llegue la tarifa plana para Internet móvil) obliga a dos años de fidelidad. Casarse con Apple y Telefónica al mismo tiempo, ¿no será demasiado?

Artículo publicado en el diario Ultima Hora el 15/08/08

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