Verano, paraíso
Caminamos de noche entre gente sentada en las terrazas de bares y restaurantes. Hace calor y la gente busca sombra y compañía para rebajar el agobio del verano. Por eso, administran sus energías. No gritan ni corren. Se dejan llevar o simplemente permanecen horas hablando frente a un vaso ya vacío como estrategia contra la amenaza del sudor. Sin prisas, acunados por la brisa de las vacaciones y el ambiente relajado de las noches tan largas. Un refresco, un helado, un agua con gas, una cerveza. Mirar distraídamente la tele o fundirse con las horas que pasan como si fuesen infinitas.
El calor tiene algo de dulce, de pegajoso. El ventilador como remedio imperfecto, casi manual. Artesanía contra las altas temperaturas: un paseo entre escaparates con rebajas, el mar con olas amigas, el gazpacho con cubitos de hielo.
Y pienso que es imposible evangelizar a la gente que vive en Siberia o Groenlandia. Atacados por el frío, recluidos, escondidos. Concentrados en la supervivencia.
Por eso, las grandes campañas de conquistaas religiosas se diseñaron hacia el trópico, algo así como el paraíso terrenal. Pura vagancia, indolencia de los sentidos, conformidad con la suerte, panteísmo sexualizado: para esta gente debía ser comprensible el concepto de paraíso, de cielo, de eternidad como premio.
Tal vez por eso nos gusta especialmente el verano, esta época de estupor y estupidización. Renunciando a la actividad protestante y calvinista, recuperamos la mediterranedidad latina, esta identidad que nos hizo en su día inventar la resurrección de la carne.
¿Cómo puede un siberiano recibir con ilusión la promesa de la resurrección o la vida perdurable? Eso sólo lo podían visualizar y de un golpe los caribeños.
Héroes anónimos, algunos (no todos) de estos cientos y miles de dependientes, vendedores y oficinistas tras un mostrador que atienden ininterrumpidamente a clientes pesados, despistados, autoritarios, groseros, impacientes o todo a la vez.
John Ho y su esposa Yvonne han implantado en Virginia este sistema, importado de Turquía y que parece ser habitual en países asiáticos, y lo han adaptado al way of life estadounidense: invirtieron 4.000 dólares en el acondicionamiento del local y cobran 50 dólares por una sesión de media hora. 






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