Uno de los avances sociales más contundentes aunque menos espectaculares tiene que ver con el reconocimiento legal de los derechos de diversos colectivos y minorías. Por ejemplo, los de los no fumadores. Obligados durante décadas, si no siglos, a tragarse el humo de cuantos locales, casas y espacios fuesen frecuentados por fumadores, a oler el tufo que desprenden, a sentarse al lado de ceniceros desbordantes de colillas, a compartir la ceniza esparcida por el suelo o en el interior del coche, todo ello sin mediar permiso o disculpa. Quedan por reconocer los derechos de los no bebedores, obligados hasta ahora por convenciones y reglas de etiqueta a formar parte del desmadre que se desata en fiestas, inauguraciones, bodas y bautizos, como consecuencia de los lingotazos que riegan con generosidad los vasos y sonrisas de los asistentes: habrá que esperar para tal cambio a que en EEUU se convenzan de los males del alcohol. Allá y en las pelis tomarse un trago todavía está muy bien visto.
Después están los homosexuales, forzados hasta hace muy poco (tanto que todavía parecen vigentes según qué ordenanzas de un tiempo) a esconderse. El hecho de que puedan casarse sin tener que superar un test de normalidad supone uno de los más profundos cambios en nuestra convivencia cotidiana.
Pero, ¿qué hacemos con los vegetarianos? No hay menúes para ellos en el plato del día y a veces ni siquiera en la carta. Ni en los comedores escolares ni en el hospital ni en las recepciones ni en los aeropuertos ni en los cuarteles. Ni en las casas donde los amigos o colegas le invitan a uno. Los vegetarianos siguen siendo raros y deben justificarse: ¿será que no comen carne sólo por fastidiar?






