Resulta imposible entender ni siquiera remotamente cómo vivían nuestros ascendientes hace dos o tres siglos o cómo viven ahora millones de personas en zonas depauperadas del Tercer Mundo. Mientras nosotros dedicamos parte de nuestra energía, conversación y tiempo a ver cómo conseguimos quitarnos unos kilitos de encima (normalmente cerca de una mesa repleta de exquisiteces o de una nevera bien surtida de caprichos), ellos y ellas tenían que dedicar gran parte de su existencia a asegurarse el alimento de cada día y en el mejor de los casos a poner en práctica ingeniosos sistemas de conservación para aprovechar los ciclos productivos de la Naturaleza.
Pocas cosas separan y unen más que la comida, y por eso se han creado los almuerzos de trabajo, de la misma forma que no hay negociación posible si no hay por medio mesa con cafés, canapés y cosas para picar.
Dicen que EEUU es la patria de los gordos, de los obesos. Y si es verdad que todo el planeta globalizado tiende a adquirir las modas y costumbres de la patria del neocapitalismo, nos esperan décadas de dietas y terapias de adelgazamiento. Medio mundo preocupado por la comida rápida, las cervezas y la bollería que consume habitualmente mientras corre a la balanza, casi como un tiempo andábamos con la carga de los pecados cometidos, buscando confesor que nos absolviese para así seguir pecando. Los malos pensamientos nos llevaban al infierno, las delicatessen al infarto: no hemos progresado demasiado. Mientras antes le daban al cilicio o al ayuno, hoy nos encontramos en el gimnasio para seguir castigando al cuerpo. Por gordo. O por si acaso.






