Persistencia

El ministro de Trabajo anuncia la extensión de la escolarización. No empezará a los 3 años sino a los 0 años: del hospital a la escuela, para que los papás puedan seguir trabajando como si no hubiesen tenido el hijo. Tiene sentido que el anuncio venga de boca del ministro de Trabajo en vez de la de la ministra de Educación: la escuela ya no es una cuestión educativa de los niños sino una cuestión laboral de los padres.
Paradójicamente, la ampliación de la escolarización no ha conllevado mejoras educativas. Al parecer, todo lo contrario: nunca se había vivido con tanta resignación el fracaso escolar y demás síntomas de degradación de un sistema a la deriva. Paradójicamente también, nunca había existido tanta formación y reciclaje del profesorado, tanto titulado en Pedagogía o Ciencias de la Educación, tantos congresos. Ni se había halagado tanto a los profesores, a los que se confía la educación vial, la prevención contra las drogas, el catecismo, la educación para la ciudadanía, la merienda, el comedor y cuantas horas extra haga falta (a los papás, no a los niños): ya ha anunciado el mismo ministro que se contempla la ampliación del horario escolar.
La escuela es el nuevo hogar de nuestra infancia, para que los papás puedan trabajar a gusto y disfrutar de la familia el fin de semana. ¿Será por esto que hay tanta conflictividad escolar? Los niños no van a la escuela, viven en ella. Y reclaman encontrar allí todo lo que les promete la publicidad.
Quizás te planteas de vez en cuando cómo podría mejorar tu vida, y no me refiero al dinero. Ni al confort ni a las posesiones inmuebles ni al trabajo o a los ligues, ni siquiera a la familia, sino a una tranquilidad de conciencia que tiene que ver con hacer las cosas de forma honesta. Tanto da que el resultado sea tener tres pisos y dos chalets como vivir de alquiler. Da lo mismo que seas jefe de sección con una familia bien situada o un operario sin hijos y divorciado. Al fin y al cabo, la vida es tan compleja que es difícil saber si el éxito en la vida se corresponde con un verdadero triunfo personal.
Intento situarme en la perspectiva de un balance vital, aunque entiendo que esta sociedad nos impide cualquier tipo de reflexión que implique un alto en el camino. La muerte no tendría que ser la única e irreversible oportunidad de sopesar lo que hemos hecho. Y lo que hemos dejado de hacer. Es difícil saber en todo momento cuál es la decisión correcta y seguranente nuestra vida está cargada de errores por defecto o exceso. Pero creo que son más abundantes las omisiones. La vida actual está todavía llena de riesgos (cáncer, cambio climático, paro…) por lo que en lo personal optamos por la solución más acomodaticia.
Lo cual es coherente con la forma de vida actual, dominada por el corto plazo y el rechazo al dolor. Justamente los grandes logros de una época cientifista y lúdica nos están haciendo más cobardes. Y no tenemos tiempo para notarlo.
Resulta imposible entender ni siquiera remotamente cómo vivían nuestros ascendientes hace dos o tres siglos o cómo viven ahora millones de personas en zonas depauperadas del Tercer Mundo. Mientras nosotros dedicamos parte de nuestra energía, conversación y tiempo a ver cómo conseguimos quitarnos unos kilitos de encima (normalmente cerca de una mesa repleta de exquisiteces o de una nevera bien surtida de caprichos), ellos y ellas tenían que dedicar gran parte de su existencia a asegurarse el alimento de cada día y en el mejor de los casos a poner en práctica ingeniosos sistemas de conservación para aprovechar los ciclos productivos de la Naturaleza.
Pocas cosas separan y unen más que la comida, y por eso se han creado los almuerzos de trabajo, de la misma forma que no hay negociación posible si no hay por medio mesa con cafés, canapés y cosas para picar.
Dicen que EEUU es la patria de los gordos, de los obesos. Y si es verdad que todo el planeta globalizado tiende a adquirir las modas y costumbres de la patria del neocapitalismo, nos esperan décadas de dietas y terapias de adelgazamiento. Medio mundo preocupado por la comida rápida, las cervezas y la bollería que consume habitualmente mientras corre a la balanza, casi como un tiempo andábamos con la carga de los pecados cometidos, buscando confesor que nos absolviese para así seguir pecando. Los malos pensamientos nos llevaban al infierno, las delicatessen al infarto: no hemos progresado demasiado. Mientras antes le daban al cilicio o al ayuno, hoy nos encontramos en el gimnasio para seguir castigando al cuerpo. Por gordo. O por si acaso.
No es la primera vez que oigo o leo ningunear una hipótesis científica como es el cambio climático. No me coge de sorpresa pues el desprecio del sr. Rajoy, aprovechando la amplificación mediática que le ofrecía compartir casi tribuna con Al Gore. Al parecer, la derecha no ve con buenos ojos una predicción que juzga catastrofista.
Voy más lejos: ¿la izquierda abraza esta causa mientras la rechaza la derecha? Quiero decir, ¿existe un posicionamiento frente al debate científico, que tiene que ver con militancias ideológicas? Parece ser que sí, por mucho que se insista en que sólo existe el centro y que la dialéctica derecha/izquierda es obsoleta. De ser cierta la generalización de ambas posturas enfrentadas, cabe preguntarnos por los motivos, sutiles e implícitos porque ningún partido ha formalizado todavía una declaración de principios exportable a sus votantes y simpatizantes. Estos se alinean a favor o en contra de la verosimilitud del peligro climático y de la urgencia en la construcción de una estrategia contundente, según estén más cerca de unos valores de derechas o de izquierdas, pero de forma espontánea: el mejor indicio de su coherencia.
Y es que la derecha es optimista por vocación y necesidad. El crecimiento infinito es una de las grandes fantasías que moviliza el formidable edificio capitalista que empuja nuestro mundo. Su credo económico nace en la conciencia de un desarrollo ilimitado, al que el cambio climático vendría a poner freno. Por su parte, la izquierda ha sustituido la imaginería de una sociedad sin clases por un escenario en el que la lucha contra los factores causantes del cambio climático es el trasunto de la lucha contra el abuso y la explotación económicas: el cambio climático es algo así como la reencarnación ecologista y postmoderna de la lucha de clases que debe acabar con la dominación capitalista.
Afortunadamente, hoy día la cultura científica es muy superior a la de hace cien años, y los problemas que amenazan la supervivencia del propio planeta no son sólo una cuestión política: el protagonismo debería traspasarse a la comunidad investigadora, libre de presiones interesadas y demagogias. Que se pronuncien los científicos. Que Mariano no hable por boca de su primo.
Si no fuese por el empeño de sionistas e historiadores, hoy los muchos neonazis que pueblan Europa podrían machacar con sus botas ensangrentadas a cualquier sudaca o subsahariano que se cruzase por su camino, sin que saltasen las alarmas: simplemente el Holocausto no habría existido. A ver quién me explica pues las ventajas de borrar la historia o de equipararla a un hobby de coleccionistas que no exige ningún tipo de posicionamiento: pasó, y a otra cosa mariposa. Qué hay de malo entonces en devolver su honor a los muertos proscritos durante más de cuarenta años o en condenar formalmente el golpe de Estado y la Dictadura que construyó por ejemplo todo un panteón en un valle contra determinados caídos.
Es cierto que durante aquellas décadas mucha gente vivió tranquila e incluso feliz, como tantos alemanes en tiempos de Hitler. Por ejemplo, bastantes hombres se lo pasaban seguramente de lo mejor mientras sus esposas se inventaban formas de atrincherarse contra los ronquidos. Entonces todos éramos católicos y heterosexuales, y no había camas separadas. Estaría bien conocer cuántas mujeres tuvieron que padecer el impuesto nocturno de los ronquidos conyugales sin derecho al descanso ni al pataleo.
Esta es la diferencia entre aquello y lo que tenemos hoy. No somos más felices ahora pero antes ni siquiera se podía elegir: sólo existía la ignorancia. Tal vez los profetas de la amnesia añoran este estado general de simplicidad, que permite roncar a pierna suelta sobre un cuerpo desvelado. La felicidad sólo existe en la industria del cine y la canción, pero la dignidad tiene nombre, apellidos y cuerpo.
Lo venden como tecnología amiga por sus efectos benéficos: gracias a las mamografías puede detectarse con precisión la naturaleza de los bultos que de repente surgen en los pechos. Femeninos, hay que aclarar porque al parecer no es un dato baladí. Siempre me han parecido narcisistas las medidas gubernamentales contra la discriminación sexista cuando se limitan al ámbito de la propia Administración, léase ley de paridad. Al final, el éxito de los políticos y gobernantes se mide en función de cómo hacen progresar a la sociedad que gestionan y no a ellos mismos. La ejemplaridad interna no deja de ser anécdota cuando se autofelicita: la encuesta real está en la calle.
Vuelvo a la medicina. ¿Existe una revisión femenina de la cirugía y toda la parafernalia tecnológica que da soporte a la exploración del cuerpo enfermo? Este maravilloso despliegue de aparatos que sustentan el seguimiento de todo tipo de trastornos y deficiencias debería haberse diseñado bajo la supervisión de un comité paritario.
Al menos, eso es lo que cuentan muchas mujeres después de haber pasado por el calvario de una mamografía. La venden como útil y necesaria, pero resulta humillante y dolorosa. Así pasa desde hace cinco, diez o más años y así está previsto que siga pasando. Cuando la tendencia dominante en el pensamiento y la práctica médicas es evitar o paliar el dolor, resulta chocante que se mantenga una técnica tan agresiva como esta, blindada a revisiones que incluyen la dignidad del paciente. De la paciente, obligada a someterse a una exploración que parece ideada por un verdugo.
La gente sigue casándose y diciéndose, a los demás y quizás a ellos mismos, que para toda la vida. No importa que las estadísticas reflejen la dificultad creciente del proyecto, o que la realidad cotidiana nos confirme que los matrimonios duran cada vez menos: en España ya hay más parejas divorciadas que sin divorciar. En términos objetivos, podría decirse que el destino natural del matrimonio es la separación, que además se produce cada vez más rápidamente. Duramos menos porque nos volvemos más egoístas y tenemos menos tiempo para compartir, signos de nuestro tiempo, el único por cierto que tenemos. Vivimos en esta sociedad pero nos seguimos casando como si viviéramos en la anterior, cuando casi todo (el trabajo, la casa, la lavadora) era para toda la vida. Cuando incluso la mujer no tenía derechos, como se encargan de recordarles sus asesinos : matrimonio o muerte.
Será que no queremos deshacernos de una de las pocas cosas que nos mantienen unidos al cordón umbilical de la eternidad. Los matrimonios para toda la vida eran el reflejo de una doctrina eclesial que predicaba la vida eterna como colofón de una vida terrenal en la que estaba prohibido cualquier cambio. Ahora es justo al revés: sospechamos de quien no viaja o no cambia de coche. La ley del mercado neoliberal impone una renovación continuada, de la que deriva el divorcio y otras libertades democráticas.
El PP (un partido con mayoría de votantes entre las personas mayores) está en contra del divorcio exprés porque rompe la familia, de la misma forma que las reivindicaciones autonómicas rompen España. El PSOE (mayoritario entre la población más joven) legisla a favor para acercar la ley a la realidad. Sin embargo, unos y otros nos tratan como a niños. Si queremos separarnos, el contrato matrimonial debería incluir una cláusula adicional: nos comprometemos a devolver todos los regalos de la lista de boda.
La cantidad de papanoeles crece en progresión geométrica año tras año. En los escaparates de todo tipo de comercios, en restaurantes y bares, en los anuncios, pero también en los balcones de las casas y hasta en sus recibidores y salones. Los únicos personajes que resisten este asalto arrasador de Santa Claus son los Reyes, aunque tímidamente después de un reparto desigual del calendario ¿Y el niño Jesús, con su pesebre y el belén que hace poco eran centro hogareño de toda celebración navideña familiar? Está desapareciendo.
La mayoría de hogares se han disuelto por mor de los divorcios y las vidas paralelas o están demasiado estresados preparando fiestas como para entretenerse en sacar las piezas (pastores, molinos, cueva, buey…) de sus cajas, buscar sitio sobre un mueble y demás. Pero la razón principal es otra. Jesús es una figura histórica, es decir real (además pobre y sin glamur), que desentona en este mes eufórico dedicado a celebrar el principio del placer, la fantasía consumista sin límites, la ilusión de una eterna felicidad. Ahí está en cambio Papá Noel, desde su irrealidad, dispuesto a satisfacer nuestras pulsiones sin asomo de condición. El rey Herodes recurrió entonces a la fuerza más bruta y degolló a los santos inocentes.
Hoy día ni siquiera ha hecho falta insinuar una consigna para poner en marcha una campaña universal contra la propia imagen del niño Jesús, reducido a objeto decorativo puntual y alejado de la cotidinaeidad (el belén tradicional del Ayuntamiento o una muestra de belenes del mundo…) La maquinaria comercial ha resultado más eficaz que cualquier pena de muerte.
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