El sicoanálisis descubrió que la líbido, el sexo, es lábil: no tiene objeto predefinido ni se mueve en una dirección homogénea y generalizada. De ahí que existan tantas opciones sexuales, fetichismos, desviaciones y cientos de prácticas ajenas a la moda y las pautas estándar.

Pasa lo mismo con la vagancia, cuyo último fin es la autosatisfaccción.
El vago absoluto no existe, en realidad es la máscara del abusón, del aprovechado: el vago necesita que los de su entorno no lo sean para poder él seguir siéndolo.

Por eso, escoge a las personas y situaciones que mejor satisfacen sus expectativas sin otro filtro ni criterio. Si falla algún elemento de este escenario, el vago se moviliza hasta encontrar sustituto. Como la líbido, es una fuerza impersonal y “ciega” de gran potencia por su capacidad de adaptación.

Desde el punto de vista darwinista, el sujeto vago es más fuerte (resistente) que el sujeto activo, trabajador o sacrificado

Las últimas estadísticas confirman la decadencia de las compañías discográficas: un 20 % menos en ventas, un dato que anuncia una crisis todavía mayor de la que aparece en portadas y reportajes. Llevamos ya varios años conviviendo con esta realidad y envueltos en la polémica que inevitablemente genera un cambio traumático. ¿Recuerdan ustedes las convulsiones desencadenadas en España hace unas décadas por la reconversión siderúrgica? Siempre ha sido así en nuestra sociedad capitalista desde que se puso en marcha la primera revolución industrial. Y siempre han acabado sucumbiendo las víctimas del reajuste.

Ahora les toca a las empresas productoras, grabadoras y distribuidoras de discos, un producto que ha gozado de excelente salud económica y que ha creado grandes fortunas. Pero hoy ya no se dan aquellos legendarios discos de platino a artistas que arrasan en los topten, por mucho que se quiera conservar la fachada a base de Grammys o Alejandros Sanz. La excepción confirma la regla, en todo caso, y apunta hacia otro dato. Los conciertos no parecen estar en crisis. A la gente le sigue gustando escuchar música y está dispuesta a pagar por ello, incluida la incomodidad del desplazamiento. Pero se resiste a pagar por un archivo que puede bajarse de Internet.

La culpa de la crisis la tienen pues los sitios p2p, los top manta y las grabadoras de CDs y DVDs. ¿Vamos a prohibir todo esto, o a recargarlo con un canon fiscal? Las grandes empresas y los cantantes millonarios pueden llorar al ver que el negocio se derrumba, pero no podrán impedir la popularización de nuevas formas de grabar, difundir y vender música. La tecnología no mira hacia atrás.

Cualquier profesor sabe que el sol y el calor son enemigos del aula. Estamos hablando de dos elementos que dilatan la materia y relajan la energía: resultado, una conducta de mentes y cuerpos abiertos a la piscina o la discoteca. El frío, por contra, enerva y arruga, de forma que fija los traseros a la silla y aleja la mente de paisajes de desmadre. El frío concentra, lo mismo que la primavera desorienta. Y no digamos a la juventud, esta edad flotante que sólo necesita un estímulo indeterminado para ahondar en la amorfidad.

O sea que abril la sangre altera: las hormonas son tan enemigas de los estudios como el sol de las playas con voleybol y martín. Lo sabían los clásicos, y los profesionales de la pizarra vienen adoptando sus medidas desde hace tiempo para contrarrestar el efecto.

Pero se están topando con un cambio climático que echa por tierra sus estrategias. Ya no habrá supervivencia escolar cuando la primavera sea imprevisible y casi infinita. Empezamos el curso actual en plena primavera de setiembre y estamos justo acabando la primavera de enero-marzo, a punto de comenzar el invierno de unos días para a continuación estrenar la primavera de abril. Con este desbarajuste de los termómetros ya me dirán cómo pueden poner codos los adolescentes que crecen junto a un efecto invernadero que nos sitúa ante un escenario de bikini perpetuo. Las estadísticas insisten en el fracaso escolar, pero mucho me temo que todavía no han recogido los efectos devastadores del polen escolar.

El pasado domingo Irina y yo fuimos a ver el show Me pido la ventana, del cómico colombiano Andrés López. Una rayada.
He encontrado este vídeo (son 60 minutos: faltan pues los 120 siguientes. La obra dura tres horas) Si encuentro la segunda y tercera parte, las cuelgo.

El ministro de Trabajo anuncia la extensión de la escolarización. No empezará a los 3 años sino a los 0 años: del hospital a la escuela, para que los papás puedan seguir trabajando como si no hubiesen tenido el hijo. Tiene sentido que el anuncio venga de boca del ministro de Trabajo en vez de la de la ministra de Educación: la escuela ya no es una cuestión educativa de los niños sino una cuestión laboral de los padres.

Paradójicamente, la ampliación de la escolarización no ha conllevado mejoras educativas. Al parecer, todo lo contrario: nunca se había vivido con tanta resignación el fracaso escolar y demás síntomas de degradación de un sistema a la deriva. Paradójicamente también, nunca había existido tanta formación y reciclaje del profesorado, tanto titulado en Pedagogía o Ciencias de la Educación, tantos congresos. Ni se había halagado tanto a los profesores, a los que se confía la educación vial, la prevención contra las drogas, el catecismo, la educación para la ciudadanía, la merienda, el comedor y cuantas horas extra haga falta (a los papás, no a los niños): ya ha anunciado el mismo ministro que se contempla la ampliación del horario escolar.

La escuela es el nuevo hogar de nuestra infancia, para que los papás puedan trabajar a gusto y disfrutar de la familia el fin de semana. ¿Será por esto que hay tanta conflictividad escolar? Los niños no van a la escuela, viven en ella. Y reclaman encontrar allí todo lo que les promete la publicidad.

Quizás te planteas de vez en cuando cómo podría mejorar tu vida, y no me refiero al dinero. Ni al confort ni a las posesiones inmuebles ni al trabajo o a los ligues, ni siquiera a la familia, sino a una tranquilidad de conciencia que tiene que ver con hacer las cosas de forma honesta. Tanto da que el resultado sea tener tres pisos y dos chalets como vivir de alquiler. Da lo mismo que seas jefe de sección con una familia bien situada o un operario sin hijos y divorciado. Al fin y al cabo, la vida es tan compleja que es difícil saber si el éxito en la vida se corresponde con un verdfadero triunfo personal.

Intento situarme en la perspectiva de un balance vital, aunque entiendo que esta sociedad nos impide cualquier tipo de reflexión que implique un alto en el camino. La muerte no tendría que ser la única e irreversible oportunidad de sopesar lo que hemos hecho. Y lo que hemos dejado de hacer. Es difícil saber en todo momento cuál es la decisión correcta y seguranente nuestra vida está cargada de errores por defecto o exceso. Pero creo que son más abundantes las omisiones. La vida actual está todavía llena de riesgos (cáncer, cambio climático, paro…) por lo que en lo personal optamos por la solución más acomodaticia.

Lo cual es coherente con la forma de vida actual, dominada por el corto plazo y el rechazo al dolor. Justamente los grandes logros de una época cientifista y lúdica nos están haciendo más cobardes. Y no tenemos tiempo para notarlo.

Resulta imposible entender ni siquiera remotamente cómo vivían nuestros ascendientes hace dos o tres siglos o cómo viven ahora millones de personas en zonas depauperadas del Tercer Mundo. Mientras nosotros dedicamos parte de nuestra energía, conversación y tiempo a ver cómo conseguimos quitarnos unos kilitos de encima (normalmente cerca de una mesa repleta de exquisiteces o de una nevera bien surtida de caprichos), ellos y ellas tenían que dedicar gran parte de su existencia a asegurarse el alimento de cada día y en el mejor de los casos a poner en práctica ingeniosos sistemas de conservación para aprovechar los ciclos productivos de la Naturaleza.

Pocas cosas separan y unen más que la comida, y por eso se han creado los almuerzos de trabajo, de la misma forma que no hay negociación posible si no hay por medio mesa con cafés, canapés y cosas para picar.

Dicen que EEUU es la patria de los gordos, de los obesos. Y si es verdad que todo el planeta globalizado tiende a adquirir las modas y costumbres de la patria del neocapitalismo, nos esperan décadas de dietas y terapias de adelgazamiento. Medio mundo preocupado por la comida rápida, las cervezas y la bollería que consume habitualmente mientras corre a la balanza, casi como un tiempo andábamos con la carga de los pecados cometidos, buscando confesor que nos absolviese para así seguir pecando. Los malos pensamientos nos llevaban al infierno, las delicatessen al infarto: no hemos progresado demasiado. Mientras antes le daban al cilicio o al ayuno, hoy nos encontramos en el gimnasio para seguir castigando al cuerpo. Por gordo. O por si acaso.

No es la primera vez que oigo o leo ningunear una hipótesis científica como es el cambio climático. No me coge de sorpresa pues el desprecio del sr. Rajoy, aprovechando la amplificación mediática que le ofrecía compartir casi tribuna con Al Gore. Al parecer, la derecha no ve con buenos ojos una predicción que juzga catastrofista.

Voy más lejos: ¿la izquierda abraza esta causa mientras la rechaza la derecha? Quiero decir, ¿existe un posicionamiento frente al debate científico, que tiene que ver con militancias ideológicas? Parece ser que sí, por mucho que se insista en que sólo existe el centro y que la dialéctica derecha/izquierda es obsoleta. De ser cierta la generalización de ambas posturas enfrentadas, cabe preguntarnos por los motivos, sutiles e implícitos porque ningún partido ha formalizado todavía una declaración de principios exportable a sus votantes y simpatizantes. Estos se alinean a favor o en contra de la verosimilitud del peligro climático y de la urgencia en la construcción de una estrategia contundente, según estén más cerca de unos valores de derechas o de izquierdas, pero de forma espontánea: el mejor indicio de su coherencia.

Y es que la derecha es optimista por vocación y necesidad. El crecimiento infinito es una de las grandes fantasías que moviliza el formidable edificio capitalista que empuja nuestro mundo. Su credo económico nace en la conciencia de un desarrollo ilimitado, al que el cambio climático vendría a poner freno. Por su parte, la izquierda ha sustituido la imaginería de una sociedad sin clases por un escenario en el que la lucha contra los factores causantes del cambio climático es el trasunto de la lucha contra el abuso y la explotación económicas: el cambio climático es algo así como la reencarnación ecologista y postmoderna de la lucha de clases que debe acabar con la dominación capitalista.

Afortunadamente, hoy día la cultura científica es muy superior a la de hace cien años, y los problemas que amenazan la supervivencia del propio planeta no son sólo una cuestión política: el protagonismo debería traspasarse a la comunidad investigadora, libre de presiones interesadas y demagogias. Que se pronuncien los científicos. Que Mariano no hable por boca de su primo.